Blogia

La isla sin nombre

Criaturas

El vecino del bajo era un tipo calvo, no muy alto y flaco, lo que otorgaba a su magno cráneo una dimensión brillante, una importancia desmedida frente al resto de su estampa, a la vez que un terco bamboleo por falta de base, y un cuello que acusaba el perpetuo doblamiento. Esta andadura gacha obedecía a otros motivos además de los que inflige la dinámica. Su hasta hace pocos años pizpireta adolescencia y juventud se había visto arrasada por la implacable alopecia

Oleaje

Oleaje

El tiempo pasa como una gran ola que nos dispersa el recuerdo. Pasan los fastos y las fiestas, la voluntad de paz en forma de guirnalda áurea y capricho para todos. Del país de los libres viene una paloma mensajera, exhausta de rumbos confusos, harta del lastre de adornos y promesas, de su propia obesidad que ralentiza su vuelo, cebado por halagos y comida rápida doquiera que va.
A lo lejos se sospechan estallidos, y en mi rudo calendario de marcas he imaginado una navidad, un año nuevo. Aquí el tiempo es apacible y no hay un temblor de más en las aguas. A veces abomino de mi plácido ateísmo y renuncio, cuando caiga la noche celebro mi fiesta, pretenderé sentir melancolía y soledad.
Bajo las estrellas que electrizan mi memorial, abro un hermoso coco contra la gran roca aún en pie. Brindo por la luz,por la calidez de esta noche intensa, irrepetible, eterna o ambas cosas. Saboreo la cena como un bebé sin pasado, como un húerfano adoptado por el cielo. Cuando se cierren mis ojos, ebrio de cantar y beber entre viejas canciones, imaginaré que he sido arrojado aquí por un mar violento, que todo lo he perdido, que no recuerdo nada de mi vida anterior, ni bondades ni sufrimientos. Y confiaré de nuevo en que salga el sol y me despierte para empezar de nuevo, aunque nada me garantice, sólo la vulgar costumbre, que todos los días amanece.

El Sueño

El Sueño

Llegué a esta isla a través de un sueño, sin saber cómo. Me ví huyendo del verde opresivo de una selva, alguien, tal vez sólo el espectro de un pasado caníbal, seguía mis pasos, y yo necesitaba abrirme paso hasta la playa. La persecución cesó con el rumor turquesa del mar, y junto a la orilla un personaje sentado realizaba su tranquila,acompasada labor sin pausa. Era un anciano terso, tostado y de fibrosa alegría. La blancura de su turbante y su taparrabo a la manera hindú contrastaba con su bronceado gesto, que se afanaba en golpear una gran piedra incrustada en la orilla.
-¿Ves esta piedra?- me preguntó al acercarme, sin dejar de arremeterla ni de sonreír. Asentí con la cabeza.
-Llevo años dale que te pego, pero creo que voy a conseguirlo. ¿Gustas?
Tomé aquel tosco martillo atado burdamente a un hierro, carcomido y romo, y lo dejé caer contra el saliente calizo, sin mucha convicción. Sin embargo, continué con una inercia dichosa, relajante y despreocupada, mientras el viejo saludaba, cientos de huellas adelante en la orilla infinita.

Transición

Transición

Exploro los alrededores con calma, me he quitado los zapatos y camino lento, precavido. Siento las texturas, lo duro, lo blando, las ramas y la arena, la hojarasca y su humedad verde oscura. Hay un tipo de palmera de tronco liso que abrazo, dicen que perdona eso que yo creo que es pecado.
El sol ha querido ceder protagonismo al mar, y ha ido a refugiarse entre algodones. La brisa me levanta la piel, imagino a su intérprete lejano, quizá en otra isla igual que yo. Al poco estoy cansado, mis pies de zapato y asfalto no toleran la desnudez todavía. La transición es mucho más lenta que mi paciencia, y por eso mismo tarda más en suceder. Tanta belleza también me agota los ojos, demasiada luz, necesito cerrarlos, y tumbarme en una hamaca imaginaria mientras tú me cantas suave, con tu olor acunador de vainilla.

Café

La última taza de café recalentado, el último sorbo que se desprecia. Los posos dejan un dibujo que no sé identificar, agito una voluta manchada de sueño. La historia que me ronda sigue su embarazo elefantino y triste, sin ecografías, ni sexo previsible para el juego de otorgarle un nombre. Fraguo ese monstruo con recelo y pesadez, leo informes de su horror de manicomio abandonado, y no soy capaz de escribir nada, como si asumiera la ley de silencio del hombre destruido y humillado para siempre.

Segunda Residencia

Desde entonces vuelvo aquí cuando lo necesito, golpeo la roca un tiempo, me tumbo en la arena solitaria y aspiro el espumar de las olas. El viejo no debe de vivir aquí, pues no he visto embarcación alguna, ni señales de fuego, o una choza rala de hojas de palmera. Quizá venga sólo a refugiarse también, aunque me pareció en sus ojos que el miedo era para él una sensación antigua, de una adolescencia remota que le haría reír.