
Llegué a esta isla a través de un sueño, sin saber cómo. Me ví huyendo del verde opresivo de una selva, alguien, tal vez sólo el espectro de un pasado caníbal, seguía mis pasos, y yo necesitaba abrirme paso hasta la playa. La persecución cesó con el rumor turquesa del mar, y junto a la orilla un personaje sentado realizaba su tranquila,acompasada labor sin pausa. Era un anciano terso, tostado y de fibrosa alegría. La blancura de su turbante y su taparrabo a la manera hindú contrastaba con su bronceado gesto, que se afanaba en golpear una gran piedra incrustada en la orilla.
-¿Ves esta piedra?- me preguntó al acercarme, sin dejar de arremeterla ni de sonreír. Asentí con la cabeza.
-Llevo años dale que te pego, pero creo que voy a conseguirlo. ¿Gustas?
Tomé aquel tosco martillo atado burdamente a un hierro, carcomido y romo, y lo dejé caer contra el saliente calizo, sin mucha convicción. Sin embargo, continué con una inercia dichosa, relajante y despreocupada, mientras el viejo saludaba, cientos de huellas adelante en la orilla infinita.
0 comentarios