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La isla sin nombre

Segunda Residencia

Desde entonces vuelvo aquí cuando lo necesito, golpeo la roca un tiempo, me tumbo en la arena solitaria y aspiro el espumar de las olas. El viejo no debe de vivir aquí, pues no he visto embarcación alguna, ni señales de fuego, o una choza rala de hojas de palmera. Quizá venga sólo a refugiarse también, aunque me pareció en sus ojos que el miedo era para él una sensación antigua, de una adolescencia remota que le haría reír.

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