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La isla sin nombre

Oleaje

Oleaje El tiempo pasa como una gran ola que nos dispersa el recuerdo. Pasan los fastos y las fiestas, la voluntad de paz en forma de guirnalda áurea y capricho para todos. Del país de los libres viene una paloma mensajera, exhausta de rumbos confusos, harta del lastre de adornos y promesas, de su propia obesidad que ralentiza su vuelo, cebado por halagos y comida rápida doquiera que va.
A lo lejos se sospechan estallidos, y en mi rudo calendario de marcas he imaginado una navidad, un año nuevo. Aquí el tiempo es apacible y no hay un temblor de más en las aguas. A veces abomino de mi plácido ateísmo y renuncio, cuando caiga la noche celebro mi fiesta, pretenderé sentir melancolía y soledad.
Bajo las estrellas que electrizan mi memorial, abro un hermoso coco contra la gran roca aún en pie. Brindo por la luz,por la calidez de esta noche intensa, irrepetible, eterna o ambas cosas. Saboreo la cena como un bebé sin pasado, como un húerfano adoptado por el cielo. Cuando se cierren mis ojos, ebrio de cantar y beber entre viejas canciones, imaginaré que he sido arrojado aquí por un mar violento, que todo lo he perdido, que no recuerdo nada de mi vida anterior, ni bondades ni sufrimientos. Y confiaré de nuevo en que salga el sol y me despierte para empezar de nuevo, aunque nada me garantice, sólo la vulgar costumbre, que todos los días amanece.

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